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Cuento: El zurdo Rojas

Por Elías Lugón (*)

Reflexiones 23 de enero de 2023
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Ilustración de Nicolás Santiago.

Apenas me traen el tostado lo veo y creo que lo tengo de alguna parte. Un tipo alto, con presencia, unos pocos pelos teñidos de un castaño oscuro barato y peinado a la gomina; hace tiempo habrá pasado los ochenta…

-Vení un cachito, pibe -le dice al mozo-, cambiame esta copa. ¿Querés?

-¿Qué problema tiene la copa, señor?

-Mirá lo sucia que está. ¿Vos sos ciego o boludo? - habla a los gritos, insoportable.

 -No me di cuenta, disculpe, ya se la cambio -le responde el pobre chico, que ya demasiado tiene con que el hijo de puta del jefe lo haga vestirse como un maniquí.

Esa voz y esa manía de mojar el pan en el vino me resultan conocidas… Cuando veo que ya terminó de comer, me acerco a encararlo:

-Buen provecho, caballero, disculpe que lo interrumpa, pero creo que lo conozco de algún lado- le digo con amabilidad, y recibo a cambio una mirada que ya conozco, imposible de olvidar, así que prosigo. – ¿Puede ser que yo lo haya visto a usted con una camiseta de básquet?

 -Cómo me sacaste, pibe… Y eso que sos joven para conocerme…- dice como para que lo escuche toda la cafetería.

-Entonces usted es… el zurdo Rojas.

-El mismo que viste y calza… Para algunas cosas los años parecen no pasar… Vení, nene, sentate.

Me siento a su mesa y charlamos; le digo que lo vi como director técnico en San Lorenzo y varias veces en Boca y me lo confirma. El tipo, de muy joven, había jugado en la primera de esos clubes, y recuerdo los titulares que mi mamá había guardado de esa época: “El zurdo Rojas”, “Otra vez el Zurdo Rojas”. Este hombre es una leyenda viva… o casi muerta.

No sé cómo surge el tema, pero se le escapa decir que su departamento está al lado del bar, y entonces insisto en que me muestre algunos recuerdos. Accede, aunque dice que no tiene mucho tiempo.

Un monoambiente de tres por tres con un bañito y una ventana; las paredes descascaradas, un placard hinchado de humedad que pretende simular una división de ambientes y una cocina llena de telarañas, toda una leyenda en decadencia…

Del último cajón de un viejo armario saca todo junto: camisetas, trofeos, diarios, fotos, medallas… Dice que trabaja en algunos consorcios, más para mantenerse activo que por el sueldo, que cobra la jubilación del Banco en el que trabajó después de su paso por las canchas y que se lo gasta completo en comida comprada, porque no sabe cocinar.

Cuando terminamos de hojear las fotos y de comentar cada detalle, me dice:

-Bueno, fue un gusto, pibe, pero ya son las cinco y se me hace tarde… Tengo una reunión.

-¿Reunión de qué?

 -De consorcio.

Nos despedimos y se va, con esa mirada y esa forma de caminar tan igual a la mía…

No termino de procesarlo, pero aún así no tengo dudas de que es él el de las historias que me contaban de chico, el de las fotos de los diarios, la estrella que desapareció y no encontraron más, el tipo con el que yo me crucé una vez hace años, y como no podía parar de mirarlo, mi mamá me dijo al oído: Ese señor que está ahí sentado, al que tanto mirás, es tu papá.

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 (*) Elías Lugón es de Barranqueras, Chaco. Tiene 22 años. Es estudiante de la Licenciatura en Letras de la UNNE y asiste al taller de escritura de Diego Pazskowski. Instagram: @eliaslugon

(*) Ilustración de Nicolás Santiago.

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