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El Espíritu Santo ya vino                                                                          

Por Juan Carlos Tuyaré

Reflexiones 15 de junio de 2022
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Juan Carlos Tuyaré.

Desde el punto de vista bíblico, delante de la mirada de Dios, existen solo dos tipos de personas. Las que aceptaron su plan de salvación por medio de Cristo y quienes todavía no lo hicieron. Los primeros participan de una serie de privilegios a los cuales los segundos no acceden. Dentro de dichos privilegios está la asistencia y cobertura del Espíritu Santo.

Promesa de Jesús a sus seguidores

Después de la muerte y resurrección de Jesús y en la antesala de su partida al cielo, les dijo a sus discípulos: “Si ustedes me aman guarden mis mandamientos y yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre: el Espíritu de verdad, al cual los incrédulos no pueden recibir, porque no lo ven, ni lo conocen, pero ustedes le conocen, porque mora en ustedes, y estará en ustedes”.

En relación a esta promesa les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa porque dentro de no muchos días serían bautizados con el Espíritu Santo. Y efectivamente eso ocurrió cuando descendió del cielo el Espíritu sobre los 120 discípulos que estaban orando en el aposento alto, un lugar en la terraza de la casa donde estaban.

Roles diferentes

Si bien es cierto que en la doctrina del cristianismo se acepta la Trinidad, también se acepta que sus integrantes, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, cumplen roles diferentes. El rol del Espíritu Santo, por medio de la fe, es el de morar en los creyentes que aceptaron a Jesús para darles poder y capacitarlos para un nuevo estilo de vida.

Acerca de ello, el apóstol Pablo les llama la atención sobre su mala conducta a los creyentes conocidos como los corintios, a quienes les reclama: “¿No saben que son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en ustedes?

Templo del Espíritu Santo

Les dice esto, porque antes de la venida de Cristo los fieles se reunían en el templo porque ese era el mandato, pero a partir de Pentecostés, el templo cambia de lugar para ubicarse dentro del cuerpo de cada creyente.  Al contrario de lo que muchos suponen, y de acuerdo a la promesa de Jesús, el Espíritu Santo ya está en la tierra y no se hace necesario pedirle que descienda, porque ya descendió en el aposento alto, y estará con nosotros para siempre.

Cuando se exhorta a los creyentes acerca de la necesidad de vivir en santidad de vida, se debería recordar el mismo reclamo de Pablo a los corintios. Ellos no habían logrado dejar de lado su magro estilo de vida, pero sin embargo el Espíritu ya vivía en ellos. Lo único que tenían que hacer era darle el lugar que le correspondía. Eso significa que el creyente debe tomar decisiones personales como por ejemplo tener conciencia de la necesidad de vivir una nueva vida, dejando de lado los propios deseos carnales, buscando los frutos espirituales producto del accionar del Espíritu en su corazón.

Buscar conseguir los frutos

Los frutos de vivir permitiendo que el Espíritu gobierne nuestras vidas son: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza y atributos semejantes. Porque el consejo bíblico señala que los que han decidido seguir a Cristo han crucificado sus pasiones y deseos carnales, y si viven en el Espíritu, que anden también en el Espíritu.

Como siempre decimos, no es que nosotros ya lo hayamos logrado, sino vamos en busca de lograrlo. Decíamos que los cristianos participan de una serie de privilegios a los cuales los incrédulos no acceden. Dentro de dichos privilegios está la asistencia y cobertura del Espíritu Santo. Pero hay una buena noticia, si el incrédulo cambia y acepta a Jesús, también accederá a los mismos beneficios. 

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