Datachaco Datachaco

María Milagros

Por Mónica Persoglia.

Sociedad 02 de julio de 2021
Mónica_Persoglia

Por Mónica Persoglia.

María Milagros iba de la mano de su mamá que caminaba con apuro sollozando. María Milagros con el rostro frío y su gorra sucia, dejaba correr sus lágrimas; estaba asustada.

Llegaron a una casa y Eva, su mamá, golpeó con fuerza, y al ser atendida, casi en un grito dijo: ¡Ayúdeme! Se me incendió el rancho. Por favor cuide a mi niña.

La mujer, dueña de casa, la hizo pasar, trató de serenarla para entender el pedido, y ver cómo ayudarla.

Habían perdido todo, el rancho de Eva, detrás del ferrocarril, era precario y con techo de pajas. Además tenía otros tres niños que en ese momento estaban con vecinos. Y un grupo de personas   apagando el fuego, junto a los bomberos que recién habían llegado.

Habían perdido todo, y ellos vivían de changas.

La niña asustada se dejó tomar de las manos de Hilda que la llevó a la cocina y preparó algo caliente para que tome y una bolsa improvisada de alimentos para su mamá. Además, le dio un abrigo.

Eva volvió por sus otros hijos con un “en algún momento vuelvo”.

La sorpresa ganaba la incertidumbre, la alojarían, la atenderían y darían aviso a un Departamento Social para avisar de la situación, aunque por esos años esos trámites eran informales y los consentimientos eran verbales y un pacto de confianza. “Se trata de una familia bien” y eso era suficiente.

Lo primero que hubo que hacer era higienizar a la niña y lavarle sus largos rulos. Ella, tímida, dejaba hacer con ojos espantados, brillosos por sus contenidas lágrimas.

No había niños en la casa,  jugaba con un cachorro.

Hilda no tenía ni datos, ni teléfono, para comunicarse con la familia de la pequeña. Hasta creyó que la estadía podía ser para siempre. Por eso había una rutina, hasta de lectura y garabatos. María Milagros con sus siete años no había ido a la escuela.

Pasaron  tres meses y apareció Eva, con un vestido floreado de verano y una campera de lana.

“Vengo a buscar a mi hija”, dijo con tono titubeante. Y abrió los brazos al ver a la niña.

Hilda le palmeó la cabeza y la besó en la mejilla y le dijo: “Andá a recibir a tu mamá y vení a buscar tu bolso”, al ver a la niña sentirse tomada por sorpresa.

María Milagros alzó la vista y dijo: la culpa la tuvo el brasero encendido.

Te puede interesar

La más leídas

Noticias en tu e-mail