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A 103 años de la revolución bolchevique: propongo un homenaje a Alexander Solyenitsin

Por Vidal Mario

Reflexiones 06 de noviembre de 2020
Alexander Solyenitsin (5)

En Resistencia, simpatizantes del comunismo anuncian para este sábado la realización de un acto virtual en memoria del 103 aniversario de la revolución bolchevique que instaló esa ideología en Rusia.

Con respeto al derecho que cada cual tenga de pensar y opinar sobre esto, expondré la razón por la cual yo no participaría de un acto conmemorativo como éste. 

No es para que algunos dejen de considerarme amigo. Después de todo, como reza un proverbio que viene justamente de Rusia, “el servil es tu enemigo; tu amigo debatirá contigo”.

Recordaré la clase de sistema que establecieron los comunistas el 7 de noviembre de 1917, mediante una sublevación armada.

Disolvió la Asamblea Constituyente, desmembró a la Iglesia, implantó las ejecuciones sin juicio previo, aplastó las huelgas de los obreros, cuando se rebelaron los campesinos cuyas tierras expoliaron los aniquiló de la manera más cruenta, y por si todo eso fuese poco en 1921 redujo a veinte provincias a la famosa hambre del Volga.

Fue el sistema que instituyó en la historia del mundo los campos de concentración, el primero que en el siglo XX recurrió al método de apresar rehenes, y el que exterminó a todos los partidos con excepción del Partido Comunista. No sólo exterminó a los partidos mismos sino también a todos sus afiliados.

El comunismo ruso provocó el mayor genocidio de campesinos de la historia: mató a 15 millones de ellos. En tiempos de paz creó artificialmente el hambre colectiva, durante la cual entre los años 1932 y 1933 murieron en Ucrania seis millones de personas.

 

El Apocalipsis ruso

 

Por culpa de éste sistema cuyo establecimiento algunos celebrarán éste sábado, seis millones de personas murieron en la orilla de Europa, y el mundo ni siquiera se enteró.

Durante los 80 años anteriores a la revolución de 1917, en Rusia se ejecutaba a unas 17 personas por año.

La infame inquisición española, en su apogeo, mataba a no más de 10 herejes por mes.

Pero en un libro publicado en 1920 la Cheka (servicio secreto comunista) se vanagloriaba de que entre 1918 y 1919 había ejecutado sin enjuiciamiento previo a más de mil personas por mes.

El comunismo estalinista ocasionó la muerte por hambre a más de siete millones de inocentes entre 1932 y 1933, y envió a los gulag (campos de concentración) a otros dos millones entre 1935 y 1940. De éstos, 700.000 fueron fusilados sin juicio previo.

En 1937 tuvo lugar la denominada Gran Purga, nombre con que pasó a la historia una represión masiva en la que cientos de miles de personas fueron ejecutadas.

No se salvaron de morir ejecutados ni siquiera 848 delegados del XVII Congreso del Partido Comunista. Tampoco escaparon varios prominentes líderes del Ejército Rojo, que fueron acusados de participar en complots para derrocar al gobierno soviético.

Entre 1937 y 1938, al término del terror desatado por Stalin (quien a través de una intensa propaganda se hacía dotar de características sobrenaturales semejantes a las de un dios), el promedio mensual de los fusilamientos era de 40.000 personas. 

Durante esa tenebrosa dictadura, millones de personas fueron enviadas a campos de trabajo del Gulag como castigo, y otros millones deportados a otras zonas remotas de la Unión Soviética.

 

La denuncia de Kruschev

 

El comunismo ruso lanzó un plan quinquenal de colectivización de las tierras rurales. Los campesinos debían entregar sus tierras, ganados y otros bienes a la colectividad.

Los que se negaban a acatar las órdenes del partido eran eliminados de la escena económica. Esto hizo que gran parte de los 5 millones de campesinos que habían sido registrados en un censo realizado en 1927 desaparecieran.

A los que se resistían se los acusaba de antisocialismo y se los deportaba a campos de trabajo de Siberia, donde muchos murieron.

La revolución de 1917 había acabado con el régimen zarista y con los latifundios. La colectivización estalinista de 1929-1930 liquidó la pequeña propiedad familiar.

Esto generó una hambruna que llenó de muertos de hambre los campos soviéticos, hecho que fue recordado por el propio Nikita Kruschef en un informe sobre Stalin que presentó el 25 de febrero de 1956 ante el XX Congreso del Partido Comunista.

En uno de los tramos de su documento, Kruschef recordó la siguiente, escalofriante, ésta escena:

“Empecé a recibir informes oficiales sobre las muertes por inanición, uno de los cuales hablaba de canibalismo. Una cabeza humana y restos de pies se había encontrado debajo de un puente. Al parecer, el cuerpo había sido devorado. Kirichenko me comunicó que fue a una granja colectiva y así describió la escena que vio: “La mujer tenía el cuerpo de su propio hijo sobre una mesa, y lo estaba despedazando. Mientras lo hacía, charlaba sin cesar: “Ya nos hemos comido a Manechka, ahora salaremos a Vanechka. Esto nos mantendrá durante algún tiempo”. ¿Pueden imaginárlo? ¡Esta mujer se había vuelto loca por el hambre, y había descuartizado a sus propios hijos!”.

 

Homenaje a Solyenitsin

 

En lugar de recordar el aniversario del establecimiento en Rusia de esa letal ideología llamada comunismo, yo propondría que más bien se recuerde a alguien nacido un año después de la revolución, a un hombre que ha llevado una de las más extraordinarias existencias del siglo XX: el escritor Alexander Solyenitsin.

Fue soldado en el frente ruso durante la segunda guerra mundial, luego prisionero en siniestros campos de trabajos forzados durante ocho años, y finalmente aclamado mundialmente como genio literario y ganador del premio Nobel de Literatura.

A través de su obra “Archipiélago de Gulag” y otros libros, ayudó a crear en el mundo entero una conciencia global sobre todo aquello que en Rusia hizo el comunismo.

En 1975, denunció públicamente que en su país había miles de presos políticos, que a unos 7.000 de ellos se los sometía a tratamiento psiquiátrico obligatorio, y que en los centros psiquiátricos se inyectaba potentes drogas que destruían las neuronas cerebrales de los opositores.

Un largo camino ha recorrido Rusia desde entonces. Hoy es un país muy diferente al que en 1974 expulsó al escritor con toda su familia. No sólo Solyenitsin ya no está prohibido, sino que hay museos con su nombre y sus obras se estudian, se leen y se debaten.

Éste es el hombre que debería ser recordado éste sábado.

 

                                                        *(Periodista-Escritor-Historiador)

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