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Educación 09/07/2012
Francisco Romero

9 Julio, o cómo repensar la Independencia
Las fechas patrias deberían servirnos para la reflexión y la proyección de nuevas ideas para contribuir, cada cual desde su rol, en lograr mejores condiciones de vida para todos.

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Esta consigna es la que se impone en tiempos de la Generación de los Bicentenarios, llamada a protagonizar no sólo una época de cambios, sino más bien un cambio de época. Y una época que restituye derechos y justicia social donde antes sólo había lugar para privilegios, redefine constantemente el Estado soberano donde antes había negocios privados para los privilegiados e independencia de la economía nacional respecto de los organismos financieros internacionales antes sólo dedicados a garantizar el poderío de los países desarrollados.

El nuevo Mercosur y la constitución y afianzamiento de la Unasur no son otra cosa que la cristalización de la Patria Grande que soñaron los grandes héroes de nuestro continente, a la que concebían como un conjunto armónico de naciones soberanas e independientes que propugnaban la integración política, cultural y económica de la región. La prueba de esto es la propuesta de Belgrano, San Martín y Güemes de, una vez que el Congreso de Tucumán se expidiera, restituir la Monarquía Incásica, que significaba, por un lado el puntapié inicial de la independencia política no sólo de nuestros territorios sino de la América toda; y, por otro lado, la integración de todas las hasta entonces colonias sublevadas en una supranación continental.

La independencia cultural no fue ajena al proyecto independentista de nuestros prohombres. Había en ellos una noción clara de la necesidad de restablecer la centralidad de las culturas prehispánicas para nuestro continente. Una prueba de ello: el acta de la independencia fue escrita en tres idiomas: español, quechua y aymará y en dialecto teotihuanaco.

Las independencias política y cultural no pueden quedar ajenas de la económica. La historia latinoamericana está atravesada por la puja de los intereses vernáculos contra los de los imperios vigentes en la época. Esta situación se proyectó bajo distintas formas al siglo XX. Las grandes crisis tuvieron siempre como telón de fondo la decisión de las potencias económicas por preservar sus intereses por encima de los de los pueblos americanos.

Nuevamente, podemos afirmar que si la historia es la política del pasado, la política es la historia del presente. Hoy, mientras el primer mundo reduce los presupuestos de salud y educación (gasto público para ellos) y despide docentes y empleados públicos a granel, aquí en Argentina y en los países hermanos donde hay presidentes del campo nacional y popular, seguimos construyendo desde políticas públicas de redistribución de la riqueza y creciente hermandad latinoamericana.

El proyecto independentista contemporáneo de los pueblos americanos no desconoce amenazas y peligros. Los antipatrias están agazapados y atentos. No son pocos sus intentos desestabilizadores y destituyentes. La desestabilización institucional ya es innegable en Venezuela, Honduras, Ecuador y Bolivia. El reciente golpe de Estado en Paraguay no es otra cosa que un zarpazo más de los ideólogos de los vientos destituyentes que asolaron y asuelan hoy en nuestro país y nuestra región.

Por esto, resulta imprescindible que, como Generación de los Bicentenarios, tengamos conciencia de que nos corresponde el deber histórico de ir por nuestra segunda independencia. Para que en la América del Sur se afiance definitivamente la hora de los pueblos.

*Ministro de Educación de la provincia del Chaco